Estados Unidos completó este miércoles la retirada de todas sus tropas de Irak, poniendo fin a una misión militar que se extendió durante 12 años y que tuvo como principal objetivo combatir al Estado Islámico. Los últimos efectivos estadounidenses abandonaron una base aérea en el norte del país, en la región autónoma del Kurdistán iraquí.

La retirada había sido acordada hace dos años entre Washington y Bagdad. En los últimos meses, la presencia militar estadounidense ya se había reducido considerablemente y el contingente que permanecía en Irak estaba concentrado principalmente en el norte.

El Pentágono calificó la salida como una retirada ordenada y señaló que el final de la misión representa la transición desde una operación de combate de la coalición internacional hacia un esquema de seguridad dirigido por las propias fuerzas iraquíes. Estados Unidos mantendrá, sin embargo, cooperación bilateral con Irak, incluyendo determinadas tareas de entrenamiento y apoyo de inteligencia.

El primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi, presentó el retiro como el comienzo de una nueva etapa para el país y destacó la soberanía de Irak, el fortalecimiento de sus instituciones y la capacidad de sus fuerzas de seguridad para asumir la lucha contra las células del Estado Islámico.

La salida estadounidense se produce en un contexto regional particularmente complejo. La presencia de tropas norteamericanas había sido objeto de ataques por parte de milicias iraquíes vinculadas con Irán, mientras que Estados Unidos había respondido con ataques contra posiciones de esos grupos.

La retirada también genera preocupación en el Kurdistán iraquí. Autoridades de esa región advirtieron sobre los riesgos derivados de la desaparición de parte de las capacidades militares estadounidenses, particularmente los sistemas de defensa aérea. Según el Ministerio de Peshmerga, durante el reciente conflicto entre Estados Unidos e Irán la región sufrió más de 1.000 ataques con drones y misiles balísticos.

Uno de los interrogantes centrales ahora es qué ocurrirá con las numerosas milicias armadas que operan dentro de Irak. El gobierno de Bagdad había vinculado inicialmente el calendario de retirada estadounidense con un proceso de desarme de grupos armados no estatales, pero varias de las organizaciones más poderosas rechazaron entregar sus armas.

El gobierno iraquí posteriormente desplazó la fecha prevista para ese desarme hasta junio de 2027. Algunas milicias menos influyentes aceptaron entregar armamento, mientras que las organizaciones más cercanas a Irán mantienen su rechazo o condicionan cualquier negociación.

La salida marca otro capítulo de la prolongada presencia militar estadounidense en Irak. Washington invadió el país en 2003 para derrocar al gobierno de Saddam Hussein y retiró sus tropas en 2011. Tres años después regresó, a pedido del gobierno iraquí, al frente de una coalición internacional destinada a combatir al Estado Islámico, que había conquistado amplias zonas del territorio.

Con el grupo extremista reducido a células dispersas, Estados Unidos e Irak acordaron poner fin progresivamente a aquella misión. La retirada completa de este miércoles convierte ahora a las fuerzas iraquíes en el principal actor militar encargado de garantizar la seguridad interna, mientras persisten las tensiones entre Bagdad, las milicias respaldadas por Irán y las autoridades kurdas.

El fin de la presencia militar estadounidense no supone el cierre de la relación entre ambos países. Washington mantendrá vínculos de seguridad y cooperación con Bagdad, pero el equilibrio regional entra en una nueva etapa en la que Irak deberá administrar por sí mismo una compleja combinación de amenazas internas, disputas territoriales y presiones de las potencias que compiten por influencia en Medio Oriente.

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