Lo que comenzó como una iniciativa personal durante la pandemia terminó convirtiéndose en un movimiento vecinal que retiró casi 750.000 libras de basura —unos 340.000 kilos— de calles, parques y espacios públicos de California. La protagonista es Jill Mather, una jubilada de San Fernando que en 2020 decidió aprovechar sus caminatas diarias para recoger los residuos que encontraba en el camino.
Mather había trabajado durante décadas en el sector gastronómico, con jornadas que podían alcanzar las 80 horas semanales. Cuando llegó la pandemia esperaba dedicar su jubilación a viajar, descansar y reencontrarse con amigos, pero el aislamiento modificó sus planes. Comenzó entonces a caminar unos 6,4 kilómetros diarios por su barrio y rápidamente advirtió la cantidad de latas, botellas y otros desperdicios acumulados en las calles.
En lugar de limitarse a reclamar por la suciedad, salió a recogerla con bolsas de plástico. Poco después publicó un mensaje en la aplicación Nextdoor para invitar a otros vecinos a acompañarla. Al día siguiente se presentaron unas doce personas. Limpiaron un parque cercano y luego compartieron un café.
La experiencia se repitió y terminó dando origen a Volunteers Cleaning Communities (VCC), una organización que fue ampliando progresivamente su radio de acción por el Valle de San Fernando. Con el tiempo, los voluntarios comenzaron a trabajar en calles, parques, sectores del río Los Ángeles, ciclovías y áreas próximas al Refugio Nacional de Vida Silvestre de la Cuenca de Sepúlveda.
Uno de los compromisos más importantes fue la adopción de un tramo de 5,6 kilómetros de la autopista Ronald Reagan, donde el grupo realiza tareas de limpieza en colaboración con el Departamento de Transporte de California. Mather también impulsó el programa “Adopt 1 Street”, que permite a los vecinos hacerse responsables de mantener limpio un sector determinado de su propio barrio.
Actualmente, más de 250 voluntarios participan de ese programa en distintas localidades del área. La organización proporciona elementos básicos para las jornadas, como chalecos de seguridad, pinzas y bolsas.
El resultado acumulado es significativo. Durante los últimos seis años, los voluntarios retiraron casi 750.000 libras de residuos, sin contabilizar objetos de mayor tamaño que quedaron bajo responsabilidad de las autoridades municipales. La iniciativa también generó nuevos vínculos entre los participantes: algunos encontraron allí nuevas amistades y hasta una pareja se conoció mientras participaba de las jornadas.
Mather además lleva el proyecto a escuelas secundarias para incentivar la participación de estudiantes y facilitarles la posibilidad de obtener créditos por servicio comunitario.
La historia comenzó con una jubilada, unas bolsas y una caminata cotidiana. Seis años después, aquella decisión individual se transformó en una red de vecinos que convirtió la limpieza del espacio público en una tarea comunitaria sostenida.








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