Emmanuel Carrère es uno de esos escritores que encontraron una manera particular de contar el mundo: observar vidas reales y convertirlas en literatura sin inventar lo que ocurrió. Autor de El adversario, Limónov, El reino, De vidas ajenas y, más recientemente, Koljós, el escritor francés construyó una obra en la frontera del periodismo, la biografía, la historia y la literatura.

Durante su visita a Buenos Aires para participar del Festival de Literatura de Buenos Aires (Filba), Carrère conversó sobre sus libros, sus personajes, la verdad y el oficio de narrar. Y dejó una reflexión especialmente inquietante sobre el presente: “Es posible que este sea el fin de la historia humana –yo tiendo a pensarlo–”.

La frase no aparece como una predicción precisa sobre el futuro, sino como la percepción de un escritor que observa una época cada vez más difícil de comprender. Para Carrère, el problema consiste en que los acontecimientos avanzan a una velocidad extraordinaria y recurren a situaciones que todavía resultan inconcebibles. El mundo contemporáneo, sostiene, es fascinante para quien intenta retratarlo, pero al mismo tiempo extremadamente difícil de captar mediante la escritura y el pensamiento.

Esa dificultad está directamente relacionada con su manera de trabajar. Carrère abandonó progresivamente la ficción tradicional para concentrarse en personas reales. Sus libros buscan comprender vidas particulares que, por alguna razón, contienen algo capaz de iluminar una experiencia colectiva.

Para él, una vida interesante no es necesariamente una vida extraordinaria. “Todas las vidas son interesantes”, explica, siempre que el escritor consiga observarlas con suficiente atención. Lo que busca es que una historia toque una cuestión universal y, al mismo tiempo, tenga un eco íntimo para quien la escribe.

Eso ocurrió con Jean-Claude Romand, protagonista de El adversario. Romand construyó durante años una identidad falsa y terminó asesinando a su esposa, sus hijos y sus padres. Para Carrère, aquella historia no resulta interesante solamente por su carácter criminal, sino porque detrás de una conducta extrema aparece algo reconocible: la capacidad humana de mentir para sostener una determinada imagen ante los demás.

Con Eduard Limónov ocurrió algo diferente. Su vida atravesó la literatura, la política, la aventura y la historia rusa. Carrère encontró allí una existencia casi novelesca que le permitió narrar, al mismo tiempo, la trayectoria de un individuo y el derrumbe del comunismo. El personaje también lo enfrentó con una contradicción moral: podía resultarle simpático como protagonista literario mientras rechazaba buena parte de sus posiciones políticas.

Esa tensión aparece en buena parte de la obra de Carrère. No intenta necesariamente presentar personajes ejemplares. Stalin, Trump, Limónov o Romand pueden resultar fascinantes precisamente porque contienen contradicciones, zonas oscuras y comportamientos difíciles de aceptar. La tarea del escritor consiste en comprenderlos sin que comprenderlos signifique justificarlos.

Su último libro, Koljós, lleva esa mirada hacia su propia familia. A partir de la figura de su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, reconstruye una genealogía que atraviesa Georgia, Rusia, Alemania y Francia. La historia familiar termina convirtiéndose también en una historia europea: la de una diáspora rusa cuyos miembros pasaron de pertenecer a la aristocracia a convertirse en trabajadores y emigrantes.

La guerra de Ucrania aparece como el capítulo contemporáneo de ese largo recorrido. Carrère viajó varias veces a Ucrania desde el comienzo de la invasión y encontró una población agotada, pero todavía resistente. En su última visita entrevistó a unas cincuenta personas en trenes que conectaban Kiev con distintas ciudades cercanas al frente. Según relató, todas estaban dispuestas a hablar y todas transmitían una sensación semejante de cansancio.

Ucrania también demuestra, para Carrère, hasta qué punto el presente puede resultar difícil de narrar mientras está ocurriendo. Los acontecimientos todavía no terminaron de adquirir una forma histórica y, sin embargo, ya están transformando la vida de millones de personas.

Algo similar ocurre con Donald Trump, a quien considera un personaje de dimensiones extraordinarias por el espacio que ocupa en la conciencia mundial. Carrère sostiene que la globalización y la circulación permanente de información hacen posible que una figura política tenga hoy una presencia planetaria que no existía en épocas anteriores.

Pero la preocupación central del escritor vuelve siempre a la misma cuestión: la verdad.

Carrère defiende la existencia de una verdad factual, incluso cuando resulte difícil acceder completamente a ella. Puede haber errores, interpretaciones o distintas maneras de contar un acontecimiento, pero eso no significa que los hechos dejen de existir. Si una persona hizo algo, ese hecho ocurrió independientemente de la interpretación posterior.

Para un escritor de no ficción, esa distinción resulta fundamental. Carrère rechaza la idea de que El adversario sea una novela disfrazada de realidad. Puede contener errores o imprecisiones, reconoce, pero no ficción deliberada. La frontera entre realidad e invención, en su trabajo, no está borrada: pretende mantenerla claramente definida.

Esa defensa de la verdad adquiere una dimensión particular en una época en la que, según su propia descripción, cada persona parece construir su propia versión de los acontecimientos. Para Carrère, recordar que existe una realidad factual sigue siendo saludable, incluso cuando esa realidad queda cubierta por interpretaciones, discursos y nuevas capas de información.

Su relación con los libros comenzó mucho antes de convertirse en escritor. Recuerda especialmente la lectura de El idiota, de Dostoievski, cuando tenía 13 años y lo leía simultáneamente con su madre. No comprendía completamente la obra, pero quedó atrapado por su energía y por la intensidad de su narración. Más tarde llegarían Lovecraft y Philip K. Dick, entre muchos otros autores.

La literatura argentina también despierta su interés. Carrère destacó especialmente a Samanta Schweblin, mencionó a Leila Guerriero y Mariana Enriquez y manifestó su intención de leer a César Aira.

Antes de regresar a París para continuar trabajando en un nuevo guion, Carrère llegó a Buenos Aires con una convicción que atraviesa toda su obra: contar historias sigue siendo una de las formas fundamentales de comprender el mundo.

Pero el mundo que intenta contar parece haberse vuelto más veloz que nunca. Las guerras, la tecnología, la inteligencia artificial, la transformación política y la circulación instantánea de información producen acontecimientos que todavía no sabemos interpretar mientras suceden.

De allí surge su inquietante diagnóstico. Quizás estemos viviendo uno de los períodos más interesantes de la historia y, precisamente por eso, uno de los más difíciles de comprender. O quizás, como sospecha Carrère, estemos asistiendo al final de la historia humana tal como la conocemos.

El escritor no ofrece una respuesta. Reconoce, sencillamente, que tampoco sabe cómo contarla.

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